inaciones), funcionamiento del lóbulo frontal (proyectos futuros, planificación e introspección), pensamiento abstracto (interpretación de proverbios), memoria de evocación y fijación reciente (recuerdo de cuatro objetivos presentados previamente), atención/ concentración (resta seriada de números), denominación de objetos y comprensión del lenguaje hablado mediante órdenes sencillas y complejas.
  • Observación clínica directa que proporciona elementos de valoración sobre aspectos como la capacidad del paciente de inhibir estímulos irrelevantes, fatigabilidad, perseverancia, motivación, actitud hacia el entrevistador y otras personas del entorno, presencia de signos de tensión, de alteración del estado de ánimo y de la motricidad.
  • La orientación y la memoria reciente se evalúan en función de las puntuaciones obtenidas en el Test de Orientación y Memoria de Galveston (GOAT).

    El instrumento presenta adecuada validez de contenido, de constructo, de criterio, concurrente y convergente, así como buena fiabilidad entre jueces y consistencia interna. Algunas de sus funciones más relevantes de esta escala son realizar una exploración general del paciente (con traumatismo craneoencefálico, encefalopatía por HIV, enfermedad de Alzheimer o demencia vascular), determinar una línea base, orientar el empleo de otros instrumentos diagnósticos más específicos, orientar en la planificación de una terapia y controlar la evolución del paciente en el proceso rehabilitador.

    Por último señalar que cuando los pacientes ya no son capaces de desenvolverse de forma independiente es, habitualmente, la familia la que presta apoyo y ayuda. La atención a los ancianos fuerza a los familiares que les cuidan, a adoptar y modificar roles, horarios, actividades, etc.; cambios que, en algunos casos, pueden generar en ellos reacciones de fatiga, sobrecarga y tensión con las consiguientes repercusiones negativas en la salud y satisfacción. Junto a esto, la presencia de alteraciones psiquiátricas o del comportamiento en el anciano demenciado genera también dichas reacciones en los familiares. A lo largo de los últimos años se ha producido un gran aumento de los estudios científicos acerca de las consecuencias del cuidado de pacientes ancianos aquejados de síndromes demenciales sobre las personas —fundamentalmente sus familiares— que ejercen el cuidado. La sobrecarga del cuidados ha sido definida operativamente usando diversos modelos sociales, cognitivos y comportamentales.

    Un modelo se basa en relacionar la sobrecarga del cuidador con el tipo específico de deterioro y necesidades del paciente, según las dificultades que se presenten al resolverlas. En este modelo, a mayor deterioro del paciente, mayor sobrecarga. Los instrumento utilizados para valorar este tipo de sobrecarga consisten en listas de problemas que pueden presentar los pacientes generalmente significativos para el cuidador. Y no solamente sucede en instrumentos relativos al deterioro cognitivo y funcional sino también en aquellos instrumentos desarrollados para evaluar las alteraciones psiquiátricas de los pacientes con demencia como por ejemplo el BEAM-D, BEHAVE-AD, BSSD, COBRA, DBRI, DSSS, DBS, NPI y RMBPC.

    Otra manera de medir la sobrecarga consiste en emplear instrumentos no específicos, que miden dimensiones como calidad de vida, presencia de síndromes psicopatológicos como la depresión o la ansiedad. Se han utilizado escalas de depresión de Zung, de Beck, el GHQ de Goldberg, o escalas de calidad de vida como el LSI (Life Satifaction Index).

    Por último, un tercer modelo se deriva de la teoría general del estrés. Desde esta perspectiva, el cuidador tiene que enfrentarse con determinados factores estresantes, y su respuesta a los mismos se ve mediada por procesos psicológicos, especialmente el impacto emocional ante dichos factores, y la posibilidad de utilización de soporte socio-familiar y estrategias de manejo. Como resultado de la interacción entre acontecimientos estresantes y mediadores de respuesta, los cuidadores pueden experimentar una vivencia subjetiva de carga, así como otras consecuencias negativas sobre su salud. Dentro de este enfoque se han diseñado instrumentos como la Caregiver Burden Interview (Escala de Sobrecarga del Cuidador) de Zarit y cols. (1980).

    Dicho instrumento ha sido adaptado al castellano por Martín y cols. (1996). Es una escala de evaluación autoaplicada. La versión más extendida de la escala consta de 21 ítems que se seleccionaron basándose en los elementos considerados importantes por la teoría de general del estrés para la evaluación de la sobrecarga del cuidador. Pretende evaluar la dimensión subjetiva de la sobrecarga del cuidador no profesional de ancianos aquejados de trastornos psicogeriátricos en el momento de la evaluación, así como en los meses previos. Requiere entre 15 y 20 minutos. Cada ítem se puntúa en un gradiente de frecuencia que va de 1 a 5. Así, el 1 significa «Nunca», el 2 «Casi nunca», el 3 «A veces», el 4 «Frecuentemente» y el 5 «Casi siempre». El punto de corte de 46-47 permite diferenciar «Sobrecarga» de «No sobrecarga», mientras que el punto de corte de 55-56 discrimina entre «Sobrecarga Leve» y «Sobrecarga Intensa».

    Presenta una buena validez de contenido, de constructo, de criterio y concurrente así como buena fiabilidad temporal. La escala permite detectar cambios en el nivel de sobrecarga de los cuidadores tras la aplicación de programas para disminuir las consecuencias negativas de la relación de cuidados.

    El presente trabajo se ha basado en la publicación realizada entre el Instituto de Investigaciones Psiquiátricas y la Sociedad Española de Epidemiología Psiquiátrica «Medición clínica de la Demencia: una guía de recursos» de Fernández de Larrinoa y cols. (2001) con la financiación de Laboratorio Pfizer. Mi total agradecimiento a los Drs. Manuel Martín y Antonio Bulbena, codirectores de la obra, a los autores de los diferentes capítulos y especialmente a la Dra. Nora Ibarra sin cuya inestimable participación dicha publicación no habría visto la luz.

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