Asunción tena, voluntaria en ghana

"Las Hermanas multiplican la ayuda que llega a África"

 

Se ha contagiado del virus de África y ya no tiene curación posible. Asunción Tena, psicóloga infantil, tiene hechas las maletas para viajar por tercera vez a Ghana, a trabajar con niños discapacitados psíquicos. El trabajo de las Hermanas Hospitalarias le impresiona y sueña con seguir colaborando con ellas.

 

Redacción

 

Siempre había pensado hacer un voluntariado. Se le ocurrió primero India, donde tiene una tía misionera, y después pensó en Liberia…

Había leído en Hospitalarias la posibilidad de trabajar como voluntaria en ese país. Pero la situación tan difícil del país lo desaconsejaba. Me ofrecieron ir a Ghana y así fue. Estaba comenzando el máster y sólo pude ir dos meses la primera vez.

Y comenzó la aventura.

 Inolvidable aventura. Primero, porque me dijeron que en Ghana se hablaba inglés, mi lengua materna. La realidad es que lo hablan cuatro. Allí se habla el twi (pronúnciese “chuí”). Me llevaron a Dompoase y me puse a trabajar en el centro de día que atiende a niños discapacitados, junto a una clínica por la que pasan cada día decenas de pacientes”.

Una de las sorpresas fue la cantidad de niños con dificultades.

Hay muchísimos. Las hermanas no atienden más porque el centro tiene sus limitaciones y porque el pequeño autobús que los recoge por los poblados cercanos no tiene más capacidad. Por cierto, que cuando el autobús va a recogerlos por las mañanas, no hay niños más felices que ellos. Son los “niños del autobús”. El resto los mira con envidia. Pero me impresionó la prevalencia de casos de niños epilépticos. Y, sobre todo, las creencias de la gente sobre las enfermedades mentales o las discapacidades psíquicas. Muchos piensan que son niños poseídos por demonios. Otros los ven como pequeños brujos. Lo cierto es que hay un gran tabú sobre ellos. Por ejemplo, en las chicas candidatas nativas que están interesadas en la Congregación, que aún no son postulantes, se ve el cambio. Cuando se les explica cómo son los niños, lo que tienen, por qué lo tienen, cambian de actitud hacia ellos. Pero, al principio, se asustan muchísimo. Lo mismo pasa con la gente que no trabaja directamente con los niños: no se acercan a ellos y les impresiona enormemente el trabajo de las Hospitalarias cuando abrazan, juegan y tratan con tanto cariño a los pequeños”.

Es muy difícil volver a España y llevar la vida de aquí, sabiendo que hay otra vida allí, que es real, que no es fruto de la imaginación

     

Es decir, que es un trabajo que causa impacto.

Yo estoy convencida de que la labor de las hermanas les hace pensar, aunque todavía hay mucho trabajo de formación y de concienciación que hacer. Pero es muy difícil porque hay demasiados prejuicios y creencias. Los niños con cierto retraso mental, como tardan más en darse cuenta de ello, tienen más posibilidades de salvarse. Pero, quienes tienen síndrome de Down, como se les nota pronto, a saber qué hacen con ellos. En el centro tenemos tres y no deja de ser un pequeño milagro. En otros casos, simplemente los esconden, lo cual agrava aún más la situación del pequeño. Recuerdo el caso de Nana, un chico autista que, de haberlo tratado a tiempo, sería completamente diferente. Este niño es un pequeño artista, le gusta la música, colorea muy bien… y eso no lo perciben hasta que tú no llegas allí con pinturas y ven lo que es capaz de hacer. Pero claro, ya tiene catorce años.

Recuerdo el caso de otro niño que nació con malformaciones y la propia enfermera le dijo a la madre que no se preocupara: ella le ponía una inyección y acababa con la vida del pequeño. La abuela oyó aquello y dijo que no, que ella se hacía cargo del niño. Así fue. Muchos chicos del centro que atienden las hermanas viven a cargo de sus abuelos.

Supongo que también hay que enfrentarse a la medicina tradicional.

Sí, claro, ese es otro problema. Allí tienen sus “hechiceros” y cuando alguien enferma primero van a él. Muchas veces lo que hacen es agravar la situación y cuando acuden a las Hospitalarias es porque no tienen más remedio. La clínica de las hermanas es el último recurso en muchos casos.

Es decir, que el trabajo es amplio.

Sí, en todos los campos. Durante la primera vez que fui estuve haciendo diagnósticos y explicando a la gente cómo veía la situación. En la segunda ocasión, estuve trabajando directamente con ellos, en la medida que podía. Ahora vuelvo con más ideas que he estado pensando este tiempo y a ver qué podemos hacer. Lo que pasa es que falta material y gente cualificada. A ver si es posible hacer una separación en función de sus necesidades, establecer un horario más estable, que es algo que les viene muy bien a los autistas, por ejemplo. En la medida en que se pudiera implantar algún servicio de rehabilitación o fisioterapia, vendría muy bien.

De una experiencia africana se sacan muchas conclusiones.

Es un mundo completamente distinto, pero es paralelo al que vivo en España. No es como cuando te metes en una novela y luego sales de ella en cuanto cierras el libro. Es muy difícil volver a España y llevar la vida de aquí sabiendo que hay otra vida allí, que es real, con sus reglas,  que no es fruto de la imaginación. Me costó mucho, por ejemplo, trabajar con niños con problemas de anorexia o bulimia –que aquí son muy importantes–. Pero, claro, intenta explicarle a un africano lo que son esas patologías.

Por otro lado, he aprendido que con poco se puede hacer mucho. Hay mucha gente que, ante la magnitud de los problemas de lugares como África, se paralizan y creen que no pueden hacer nada. Yo creo que la gente se siente impotente, pero cualquier ayuda que llega a las hermanas se multiplica y tiene sus frutos.

     

Me impresiona la capacidad y la disposición de las Hermanas Hospitalarias. Evangelizan con el ejemplo. Demuestran que es posible vivir de otra manera

¿Africa enamora?

Sin lugar a dudas. África engancha, enamora, es adictiva. He tenido mucha suerte de poder aprovechar los largos veranos de estudiante. Estoy temiendo que, en el futuro, no pueda tener tanto tiempo libre. De todas formas, la conexión no la pierdo, sigo pensando en esos niños y enviando cosas y contando historias de Ghana. Aunque la gente aguanta un par de aventuras, luego ya me preguntan sobre los bichos y sobre los tópicos africanos. Pero no te olvidas de ningún niño. Llevo una lista en el bolso y voy apuntando ideas, algún juguete con el que poder estimularlos, etc.    

¿Vuelves impresionada por el trabajo de las hermanas?

Yo he crecido entre hospitalarias porque mi padre trabaja como traumatólogo en el Hospital de la Beata, aquí en Madrid. Y algunas de las hermanas mayores son como mi abuela. Siempre me ha llamado la atención el carisma de servicio hacia el enfermo mental: es el enfermo que más asusta, el que nadie quiere. En Ghana lo he visto aún más claro. Nadie, excepto las Hermanas Hospitalarias, se preocupa por este tema. Me da la impresión de que ellas hacen el trabajo que nadie quiere hacer. Hay una idea romántica de la ayuda y la atención a estos niños. Pero la hora de la verdad llega cuando se trata de limpiar a un niño discapacitado, quitarle los mocos y darle de comer. A mí me impresionan por su capacidad y, sobre todo, por su disposición. No tienen inconveniente en ir hasta el poblado más remoto si hay que ayudar a alguien. Si las llaman a las tres de la madrugada porque hay un caso grave, allí está la hermana. Evangelizan con el ejemplo. Ellas demuestran que es posible vivir sin robar, sin hacer daño, cuidando a los demás, etc.  Muchas han enfermado de malaria, las han tenido que evacuar a punto de morir, han pasado todo tipo de calamidades y, sin embargo, ahí están. Son mujeres respetadas y la gente valora mucho lo que hacen.

 

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