Crisis y hospitalidad

 

No se habla de otra cosa desde hace meses, demasiados meses ya. La crisis está en boca de todos, en la apertura de las noticias, en las portadas de los periódicos, en la tribuna del Parlamento, en los cafés, en los mercados, en la calle... También está dramáticamente reflejada en las largas colas en las oficinas de búsqueda de empleo, donde la romería cotidiana en busca del tan ansiado puesto de trabajo parece que no termina.

Desde que se instaló en los países occidentales, que parece que son quienes más la estamos sufriendo –especialmente en naciones como España– la maldita crisis va dejando un reguero de secuelas. Estas son más o menos perceptibles según dónde nos haya pillado o, sobre todo, si queremos asomarnos a ver sus consecuencias. Porque hay quienes se empeñan en negar la evidencia mirando hacia otro lado. Ya se sabe que no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Benedicto XVI, hace unos meses, comentaba ante este asunto: “Las crisis financieras se desencadenan cuando –en parte debido a la falta de una conducta ética correcta– los que trabajan en el sector económico pierden la confianza en su modo de funcionamiento y en sus sistemas financieros”. Sin embargo, las finanzas, el comercio y los sistemas de producción son creaciones humanas contingentes que, en caso de que se conviertan en objetos de fe ciega, llevan dentro de sí las raíces de su propio fracaso”.

Al hilo de esto, los obispos españoles también indicaban: “Reducir la crisis a su dimensión financiera y económica puede ser una falsedad y conducirnos a un peligroso engaño, puesto que detrás de la crisis financiera hay otras más hondas que la generan. Esta crisis pone en evidencia una profunda quiebra antropológica y una crisis de valores morales. La dignidad del ser humano es el valor que ha entrado en crisis cuando no es la persona el centro de la vida social, económica, empresarial; cuando el dinero se convierte en fin en sí mismo y no en un medio al servicio de la persona y del desarrollo social”.

La hora de la crisis es, también, la hora de la solidaridad. Las instituciones eclesiales especialmente creadas para esta tarea están dando lo mejor de sí mismas. Baste recordar el trabajo “extra” que cada día se hace en todas las parroquias donde, por ejemplo, Cáritas está instituida.

Pero la hora de la crisis es también la hora de la reflexión personal y comunitaria. El momento de que cada miembro de la Familia Hospitalaria piense qué puede hacer para responder evangélicamente a este reto que, por ahora, parece no tener fin. Un reto que también se puede, y se debe, abordar desde el conjunto, institucionalmente. Puede que los valores de la hospitalidad sean parte de la mejor receta posible para hacer frente a la crisis.

 

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